lunes, 27 de mayo de 2013

En esta entrada de blog vamos a incluir los textos íntegros de los relatos ganadores del V Certamen Literario. Recordamos que la alumna Sofía Arrebola de 1º ESO ha sido la ganadora del premio al primer ciclo con su relato La diosa Nala. La ganadora del premio al segundo ciclo es Marianna Panteleeva con su relato Un toque repentino.
 Esperamos que disfrutéis con la lectura de ambos relatos y os animéis en años posteriores a participar en el concurso.

La diosa Nala


Hace mucho tiempo, en la gran ciudad de Nazca, había una hermosa joven llamada Naga. Ella era la chica más inteligente y bella que nunca haya existido sobre la faz de la tierra. Era hija de un rico mercader y de una perfecta costurera.
-Madre - dijo un día la joven- ¿Podemos ir junto a Padre a la laguna?
-Me temo que tendrás que ir sola, Padre y yo tenemos que ir a una convención de costuras –contestó el afligido rostro dela costurera.
-De acuerdo, no me espere para comer –dijo la muchacha con una sonrisa.
Acto seguido salió por la puerta alegremente y sin preocupaciones sin saber lo que le depararía el futuro. Lo que más le gustaba a ella era ir a la laguna, sobre todo porque allí tenía a su mejor amigo: se llamaba Parvati. Aunque no me creáis era un bonito pato blanco con el pico azul. Era muy especial no solo por su colorido pico, sino que cuando te miraba, parecía que te hablase con sus marrones ojos.
-Buenos días patito –saludó Naga a su amigo.
-Cuac –contestó el pato como si quisiese devolverle el saludo.
-Realmente me encanta estar contigo –prosiguió Naga.
-Cuac –volvió a contestar el pato.
-Me lo tomaré como un “y yo también estar contigo” –Dijo Naga dulcemente mientras sonreía.
Paseaban juntos horas y horas desde que eran pequeños y se entendían perfectamente el uno al otro. Eran como hermanos. Cerca de la laguna había una bonita mansión blanca entera, exceptuando el tejado, que era de azul turquesa. En ella, vivía un señor mayor. En su juventud, había sido un gran pescador. Ahora pasaba todos los días en su caso o aseando por el parque.
-Parvati –dijo Naga parándose en seco.- ¿Qué crees que significa el “valor sentimental”?
-¿Cuac? –contestó el pato en tono ”¿qué?”
- Pues… -comenzó a relatar Naga- es que el otro día oía a Padre y Madre discutir. Estaban peleando por primera vez y decían constantemente algo de “valor sentimental”. No he logrado comprender a qué se referían.
De repente vio una sombra tras ella, era el hombre mayor de la mansión.
-¿Desahogándote con un pato? –preguntó el hombre con una voz calmada y ronca.
-Puede –contestó ella.
-Tranquila, no creo que sea de locos. Yo mismo lo hacía cuando tenía tu edad. Solo que era con un tigre de Bengala. – Dijo el hombre sonriendo.
-¿En serio?  Esto… no me gustaría ser maleducada pero… ¿cómo se llama y cuántos años tiene usted?
- Me llamo Brahma y tengo unos 2504 años para ser exactos.
-¿Eso es posible? –preguntó ella boquiabierta.
-Por supuesto que lo es –contestó el anciano-. Es posible si consigues la “vida eterna”.
-¿La vida eterna? –pregunto Naga intrigada.
-Si se consigue cuando… -justo cuando iba a contestar se calló de golpe y fue cojeando hacia la mansión.
-¡Espere! Todavía no me ha contestado –dijo Naga- Me da la impresión de que no nos lo quiere decir- le dijo a Parvati. Este la miró como respondiendo “totalmente de acuerdo contigo”.
Entonces se despidieron y Naga entró rápidamente en su casa. Frente a ella había un precioso vestido con joyas y diamantes incrustados. El vestido era blanco y amarillo. Naga no pudo resistirse y se lo probó mientras fantaseaba con lo del “valor sentimental”. Al poco tiempo la venció el cansancio y se quedó profundamente dormida en su cama con la única compañía de la oscura noche.
Ala mañana siguiente, los padres de Naga volvieron a casa con una sonrisa de oreja a oreja. Naga se despertó corriendo, se cambió y fue a recibirlos con unos fuertes abrazos.
-Naga, querida, tenemos buenas noticias para ti.- Dijo su madre mientras la abrazaba.
-¿Buenas noticias? – Preguntó ella curiosa.
-¿Te gustaría cuidar de alguien más, tú sola?- Preguntó su padre mientas se sentaba en una silla.
-¿Me vais a comprar una mascota? –Dijo ella muy entusiasmada.
-No exactamente. Nos hacemos mayores y pronto nos quedaremos solos. Por eso, nos gustaría adoptar un hijo.
La noticia le sentó muy extrañamente a Naga ,“¿un hermano?” pensaba una y otra vez “yo siempre he sido hija única y jamás me lo había planteado”. Esas palabras resonaban en la cabeza de Naga como un eco. Por la tarde, cuando iba de camino a visitar a su amigo Parvati, decidió tirar por otro camino. Se adentró en el pueblo Greemitch, uno de los lugares más destrozados y pobres debido a las guerras y asesinatos que el pueblo había soportado durante años. Mientras andaba, vio a un niño de unos once años que la veía con unos apenados y tristes ojos.
-Hola –dijo dirigiéndose al chico con la voz más dulce que pudo poner. - ¿Cómo te llamas?
-Ho… hola… me llamo Perseo –Dijo el niño inseguramente.
-Veo que estás solo –dijo ella tristemente.- ¿Te gustaría tener una hermana?
-Una… ¿hermana? ¡Claro que sí! –Dijo él llorando de la alegría.
-Pues entonces aquí me tienes. Me llamo Naga pero a partir de ahora me puedes llamar hermana.
Los dos conectaron de una forma impresionante. Fue verse el uno al otro y sentirse muy unidos. Naga llevó a Perseo a su casa y le dijo que la esperase allí un ratito que tenía que hacer una pequeña parada. En poco tiempo llegó a la laguna. Lo que se encontró no fue para nada normal: ante ella se encontraba el hombre mayor arrodillado frente al lado pronunciando lo que parecía ser una especie de conjuro.
-…levanta espíritu, levántate, que las cosas prestadas te las pienso devolver –pronunció Brahma.
Delante de él se alzó el cuerpo de una bella mujer con la piel del mismo color que la laguna de la que había aparecido y el pelo del color de los océanos.
-Decidme lo que queréis –dijo la penetrante voz de la mujer.
-Concededme un último deseo –pidió con desesperación el anciano.
-Decidme cuál.
-Por favor, indicadme el camino para llegar hasta el  tesoro de Hammurabi –Pidió casi de rodillas.
-Me pedís algo demasiado sencillo –dijo la mujer entregándole una especie de rollo. Justo después la mujer se desvaneció en el agua sigilosamente.
-¿El tesoro de Hammurabi? –Dijo susurrando Naga- ¿De verdad existirá?
Al llegar a casa presentó a Perseo  su nueva familia. Sus padres lo aceptaron encantados. A la hora de la cena, Naga fue a su cama antes de lo normal. La expresión de Naga preocupó a Perseo tanto que la siguió a su habitación.
-Estás pensativa ¿Te pasa algo? –Preguntó Perseo tímidamente.
-¿Qué? No no me pasa nada –Mintió Naga.
-¿Sabes algo? Cuando me sentía así mis padres me contaban historias de hace mucho tiempo.
-¿Historias? –Preguntó ella curiosamente.
-Sí. Me acuerdo de mi favorita. La del dios de la sabiduría: Hammurabi.
Al escuchar esto, Naga se puso muy atenta a lo que decía Perseo.
-¿Me la puedes contar por favor?
-Claro. Hace muchos años en un antiguo pueblo vivían tres hermanos. El mayor de los hermanos fue hacia el templo prohibido y deseó ser rico. Pero la avaricia acabó con él. El mediano de los hermanos siguió los pasos de su hermano pero deseó ser invencible. Pero la competitividad lo mató. El pequeño, que era el más listo, fue al templo prohibido y decidió ser invisible. Al hacer esto, ninguna fuerza de la naturaleza pudo matarle, por eso, se convirtió en dios de la sabiduría. Se dice que guarda un gran tesoro para la persona que lo merezca de verdad.
-y… ¿ese sitio existe realmente? –Preguntó Naga asombrada por la historia.
-Pues claro que sí. Mañana si quieres puedo guiarte hasta ese lugar si te interesa.
-Muchas gracias. Pero ya es tarda. Mejor que te acuestes ya.
-Pero yo quería dormir con alguien –Dijo Perseo con pucheritos adorables.
-Está bien… por esta noche vale –dijo Naga sonriendo.
Entrada la noche solo se oía el sonido del viento encontrándose con las ventanas. Perseo se había quedado dormido pero Naga estaba abrazándolo dulcemente. Ahora que sabía lo que era el calor de un hermano, era consciente de que había encontrado su “valor sentimental”. Sabía que era imposible reemplazarlo y que era lo más valioso para ella. También rondaban en su cabeza algunos pensamientos y dudas que no la dejaban tranquila “¿Para qué querrá un hombre tan rico como Brahma un tesoro?” se preguntaba una y otra vez. Tras mucho darle vueltas a sus preguntas, se quedó dormida escuchando el viento y a su hermano, quien le proporcionaba más seguridad que nunca.
A la mañana siguiente, Perseo y Naga se pusieron en marcha. Naga seguía a Perseo tranquilamente hasta que este se paró en seco.
-¿Qué pasa ¿ -preguntó ella.
-¿Qué hace un pato con el pico azul en medio de un camino desolado? –Respondió en forma de pregunta Perseo. -¡Es Parvati! –dijo ella felizmente mientas cogía en brazos al pato.
-¿Parvati?
-Sí. Lo siento no me he acordado de presentártelo. Es mi mejor pato-amigo del mundo –contestó Naga felizmente.
-Es monísimo –dijo Perseo mientras lo acariciaba suavemente.
-Cuac –respondió Parvati en tono amistoso.
Tras esto, se volvieron a poner en marcha. No habían andado mucho cuando se encontraron frente a un enorme templo decorado enteramente con oro.  En el exterior había millones de especies tropicales que hacían impresionante el paisaje. En la entrada había una estatua de unos cuatro metros de alto que representaba al dios Hammurabi cerca de una mujer que ya había visto antes Naga.
-Aquella… aquella mujer es la misma que estaba junto con Brahma en el lago.
-Se llama Killa. Según las leyendas es su esposa. –Respondió Perseo.
-¿Su esposa?
Justo cuando Naga iba a terminar la frase, apareció un hombre de la nada. Su aspecto era el mismo que tenía el dios Hammurabi en la entrada. Cuando habló, las sospechas fueron resueltas. Se encontraban ante el legendario dios de la sabiduría.
-Bienvenidos ¿quiénes sois y qué queréis? –Preguntó una profunda pero armoniosa voz.
- Me llamo Naga –respondió ella intentando parecer lo más segura posible. –Y me gustaría hablar contigo.
Tras explicarle lo que vio en la laguna, el dios se la quedó mirando mientras meditaba. El silencio era descomunal. Nada ni nadie hacía el más mínimo ruido. Tras pensarlo y meditarlo con calma, Hammurabi dijo:
-Ella era mi esposa. Mi ser más preciado. Pero no puedo reunirme con ella.
-¿Por qué ¿Digo, si tanto la ama… ¿Por qué no está usted con ella? –Preguntó Naga.
-¿Qué por qué? Pues por la sencilla razón de que tengo una obligación muy importante.
-¿Qué puede ser más importante que estar con un ser querido? –Preguntó Naga casi gritando.
-Este templo. –respondió con tono lúgubre el dios.
-¿Este templo? –repitió Naga incrédula.
-Sí. Yo estoy unido a este templo y mi deber es protegerlo. A no ser que alguien quiera ocupar mi cargo, no podré ser libre.
-¡Pero usted es el dios de la sabiduría! ¡ Debería saber cómo manejar esta situación! ¿Cómo quiere que me crea lo que me está contando?
El silencio que se hizo a continuación ganó por completo al de hacía unos minutos. Perseo los miraba a los dos una y otra vez hasta que por fin consiguió decir algo:
-Sé lo que es no poder estar junto a tu ser querido ¡Pero yo no soy como tú! –Gritó señalando al dios.- Yo nunca me he rendido ni he aceptado mi presente ¡Porque creía en un fututo!
-Perseo… -dijo conmovida Naga.
-Si de verdad lo que deseas es estar junto a tu esposa. ¡Estoy seguro de que lo habrías intentado! –Dijo él llorando- Eres un dios… tienes más posibilidades de conseguir lo que quieres… ¿Por qué no lo intentas?
- Tienes razón… siempre me he resignado con mi presente sin contar con el futuro… pero eso no quiere decir que no lo haya intentado… necesito a alguien que ocupe mi puesto.
-Yo lo haré.
Esa respuesta hizo girar todas las miradas hacia Naga, que estaba frente al dios con la mano levantada.
-¿Qué? –Preguntó Hammurabi boquiabierto.
-He dicho que yo lo haré. No me quedaré de brazos cruzados mientras alguien es infeliz y está sufriendo. Y mucho menos delante de mí.
-¿Estás segura? –Preguntó Hammurabi muy sorprendido.
-Hermanita no lo hagas. Por fin había encontrado una familia. No es justo. –Sollozó Perseo mientras agarraba con fuerza la mano de su hermana.
-Sin embargo… deberás proteger mi templo.- Intentó ayudar Hammurabi
-¿Yo sola?
-No . – Dijo mientras levantaba su mano derecha hacia arriba.
Una luz azul y cegadora inundó toda la estancia haciendo que todos tuvieran que taparse los ojos. Cuando la luz empezó a hacerse más débil, Perseo abrió los ojos mientras se sorprendía al ver lo que tenía delante.
-¿Naga? ¡Eres una mujer-serpiente! –Dijo él alucinando.
Y efectivamente, ante ellos estaba una mujer con la parte de la cintura para arriba humana y la parte de los pies con unas escamas de serpiente.
-Ahora eres una diosa y posees la vida eterna además de poderes incomparables al de los humano. Este es mi obsequio por haberme regalado la libertad. Y recuerda: estoy en deuda contigo.
Dicho esto Hammurabi se desvaneció en la nada, dejando a Naga, Parvati y Perseo solos en aquel enorme templo.
-Y ahora… ¿qué dirá madre cuando vea que su hija se ha convertido en una mujer-serpiente?
-¡Estás increíble hermanita! –Saltó Perseo sorprendido.
-¡Cuac! –Respondió Parvati.
-Pero… ¿Ya no estarás con nosotros nunca más? –Preguntó Perseo tristemente.
-Hermanito… No dejaré que eso pase. Digo yo que te mereces un puesto como “ayudante de diosa” –Contestó Naga riendo.
En un nuevo pero esta vez verde destello, apareció la misma mujer que Naga  había visto con Brahma la última vez. La mujer, con una brillante sonrisa, se acercó a ella.
-Te estaré eternamente agradecida –afirmó la mujer esta vez con una voz delicada y alegre.
-¿A mí? ¿Por qué?
-Simplemente porque has conseguido que mi amado y yo volvamos a estar juntos, como en los viejos tiempos por eso te concederé tu deseo más preciado: el de no alejarte de tus seres queridos.
En cuanto acabó la frase, un brillo dorado envolvió a Perseo y a Parvati. Lo siguiente que pasó dejó a Naga sorprendida: Perseo se convirtió en una luminosa espada con una empuñadura de oro y esmeraldas., Parvati sin embargo se convirtió en una especie de tocado de color violeta y naranja.
-¿Qué ha pasado? –Preguntó Naga dudosa.
 –Los he convertido en dos objetos que te serán muy útiles a partir de ahora. Tranquila, cuando quieras, volverán a su forma original, un chico de once años y un pato de pico azul turquesa. –Afirmó la mujer con toda la tranquilidad del mundo.
-¿Puedo saber cómo te llamas?
- Por supuesto. Me llamo Shipah, diosa al igual que tú a partir de ahora.
-¿Diosa? Todavía no me lo puedo creer.
-Suele pasar –respondió agradablemente Shipah.- De todos modos tu único deber ahora mismo es cuidar de nuestro templo. Este lugar ha sido muy importante para nosotros en los últimos milenios y te lo hemos confiado porque sabemos que lo harás muy bien.
-Pero un momento… ¿Y mis padres?
-No pasa nada, nosotros nos encargaremos de que no se preocupen.
-Pero prométeme una cosa.
-¿Cuál?
-Que cuidarás de ellos y los protegerás –Dijo Naga firmemente.
-Eso está hecho. Espero que cumplas con tu cargo tan bien como espero. Dijo Shipah antes de desaparecer en la nada.
Después de esto, Naga protegió el templo con todas su fuerzas una y otra vez y sin descanso. Sin embargo, nunca se arrepintió, porque sabía que había hecho feliz a mucha gente y Perseo y Parvati la protegían y apoyaban en todo el tiempo. Gracias a eso siguió adelante con todo  el coraje de una diosa. La diosa en la que se había convertido.

Un toque repentino.

El irritante ruido del despertador hostigó mi oído, haciendo desaparecer todo el bello y hermoso paisaje tropical malayo con el que estaba soñando mi mente.
“Oh, lunes no… por favor…”
Me revolví varias veces en mi cama, cubriéndome el rostro con las sábanas y hundiéndolo en la almohada con la escasa y patética esperanza de que esto pudiera salvarme de ira trabajar aquel día.
No os confundáis, adoro mi trabajo, pero odio los lunes. Son una malísima combinación.
Bostecé profundamente antes de incorporarme y sentarme en la cama, inclinándome hacia delante y apoyando los codos en las rodillas. Tenía la mirada  perdida, con ojeras, como si me hubiera pasado la noche en alguna que otra borrachera. Sin embargo, saqué de a saber dónde  fuerzas suficientes para levantarme completamente y bajar a la cocina. Preparé mi café de siempre, aunque con una cucharada extra de azúcar de la que suelo echar. Me di la vuelta y me apoyé en la encimera mientras tomaba el primer trago, no antes de soplar un poco por encima, claro; aún les tenía mucho aprecio a mis pupilas gustativas, y definitivamente no se merecían ser quemadas de un modo tan cruel como lo era beberme el café ardiendo. Justo segundo después de apartar la taza de la boca, escuché el sonido de unas pisadas bajando por las escaleras. “No, jolín…”, pensé de una forma casi inconsciente.
En aquellos momentos no me agradaba mucho ver a esa persona, pero tuve que mostrar la mayor educación posible con él, más que nada porque compartíamos la misma madre.
-Buenos días, hermanito. –le saludé de mala gana, volviendo a acercar la taza a la boca.
-Piérdete, Lukas. –Me atizó Emil con su ruda voz de siempre, mientras abría la nevera para buscar alguna que otra cosa de la que alimentarse; pedirme a mí que le preparase el desayuno era… “demasiado humillante” en su connotación.
No sé ni cómo pude contenerme para no lanzarle la taza con el líquido humeante a la cara, pero me ahorré cualquier comentario.
Pasamos un buen rato sin que ninguno de nosotros le dirigiera la palabra al otro, hasta que decidí despedirme de él, vestirme y dirigirme a mi lugar de trabajo. Naturalmente, solo obtuve un indiferente bufido a eso.
Decidí pasar un poco de él.
“Solo es un estúpido adolescente quinceañero”, me decía a mí mismo. “Ya crecerá.”
En el hospital Oslo Universitetssykehus, las cosas ocurrieron como de costumbre: corazones y más corazones, y es que eso es lo que tiene ser un cardiólogo. Te especializas exclusivamente en toquetear los pechos ajenos y escuchar los latidos a través del fonendoscopio, o, si tienes un poco más de aguante, como yo, y malgastaste un par de añitos más en la universidad, hay una posibilidad de que pases una hermosa experiencia abriendo las cajas torácicas de la gentuza y extirpándole algún tumor arterial.
En resumen, trabajaba de cirujano cardiovascular.
Aquella mañana, sin embargo, mi rutina de siempre dio un leve e inesperado giro. Mi primer ayudante de quirófano, el  Sr. Väinämöinen (o Tino; era un muchacho de confianza, nos llamábamos mutuamente por nuestros nombres) vino diciéndome no sé qué de que el director del hospital quería verme.
Para mí, y para todo el personal que oyó aquello, fue bastante sorprendente.
-¿A mí? –Volví a preguntárselo, incrédulo, incluso señalándome a mí mismo con el dedo.
-Así es… -Asintió el chico. Aunque su rostro aparentaba serio y sereno. Como de costumbre,  la ilusión y la curiosidad se reflejaban en su mirada.
El director era un pez bastante gordo, un tío ocupado, según los médicos que tenían lazos más cercanos con él. Nunca les prestaba atención a los “simples médicos”, como lo éramos  yo o mis compañeros; para él, carecíamos de toda importancia. Total, había MILES de cardiólogos en aquel hospital.
Pero me preguntaba por qué, según Tino, me había llamado especialmente a mí a su despacho. A ver si me habría metido en un lío o algo…
Comencé a perturbarme levemente.
-¿Pero estás seguro de que es a mí a quien quiere ver? –Suspiré con cierto agobio; ciertamente, sólo le había visto la cara al director una vez en mi vida.
-Q-quiero decir… N-no hice nada… -Empecé a tartamudear un poco, algo nervioso. Siempre me ponía así en este tipo de situaciones.
- Luk, sé lo que digo. –Me cortó el otro, mientras se llevaba una mano al bolsillo de su bata y sacaba una pequeña carta, que más bien tenía aspecto de notita. Me la tendió acto seguido, con el rostro claramente emocionado; por fin algo extraordinario ocurría en aquel hospital.
No dudé en arrebatarle la carta dominado por mi nerviosismo. La abrí rápidamente y le alisé las esquinas, ya que se había arrugado un poco en el bolsillo de Tino.
“Solicito la presentica de Lukas S. Bondevik  en mi despacho el día 08-04-12; 12:42 am.
Atentamente, el director
Rafael González
Tragué saliva con dificultad.
O me iban a echar del trabajo, o me iban a dar el Premio Nobel. No podía ser otra cosa.
Como ya solo faltaban un par de minutos para la hora nombrada, no dudé en emprender la marcha hacia su oficina, sabiendo que encima me costaría encontrarla.¡ Con lo enorme que era el hospital…!
Me despedí de mis compañeros, y literalmente, corrí por los pasillos con el fin de alcanzar cuanto antes mi  destino.
Tras estar dando varias veces las mismas vueltas, pude dar con su despacho. Me situé delante de la puerta, la típica puerta de madera amarillenta con una ventana medianamente trasparente que solo dejaba ver la silueta de las personas que se encontraban dentro de la sala.
Me tomé mi tiempo antes de agarrar y girar el pomo de la puerta, no antes de tragar un par de veces saliva  y rezar a Odín que POR FAVOR fuese la opción del Premio Nobel, y no la opuesta.
Mi trabajo lo era todo para mí. No tenía nada más en mi vida.
Abrí un milímetro la puerta, echando una fugaz ojeada por toda la sala. Era pequeña y oscura; el ambiente, incluso parecía tener cierto color rojizo debido al mismo color de las paredes, pensé.
Inmediatamente, olí el humo del tabaco. Esa era la señal de que allí estaba el pez gordo.
-Tú debes de ser Lukas… -El director, sentado en su escritorio con los pies en la mesa, se  retiró el cigarro de la boca para poder hablar con menos dificultad.- Llegas justo a tiempo.
Sin abrir mucho la puerta, me entremetí por el pequeño espacio que había entre ella y la pared. Volví a cerrarla, apoyando mi espalda en el marco y con los brazos tras ella; asimismo, agaché la cabeza, al no poder mantener mucho la mirada clavada en aquel hombre.
-…Señor… -Mascullé de un modo casi inaudible.
Acto seguido, escuché al Mayor soltar un pequeña risita. ¡Dios, mi comportamiento era extremadamente ridículo!
Rafael González era el director del Oslo Universiteitssykehus, uno de los hospitales más famosos del mundo. Un hombre de grandes riquezas, sin lugar a dudas, pero también de un carácter algo arrogante y presumido.
Como indicaba su nombre y apellido, no era nativo de tierras noruegas, sino que pertenecía al país insular del sureste Asiático ubicado en el Océano Pacífico: Filipinas.
En cuanto a su aspecto… Su grave y ciertamente temerosa voz no concordaba para nada con su edad real, ya que solo era un año mayor que yo. Sus cabellos, lisos y de un color castaño oscuro casi negro, estaban cortados por encima de los hombros, con varios mechones a modo de flequillo que caían por su frente. La tez era morena. Sus ojos, curiosamente, siempre cobraban una coloración rarísima, que parecía una mezcla de amarillo oscuro con marrón claro, tanto que aparentaban ser de color ámbar.
Toda aquella combinación, más la cara de pocos amigos que tenía, habría sido capaz de espantar a cualquiera. Realmente, no lo recordaba tan terrible.
No voy a negar que incluso consiguió asustarme a mí, pero tal fue el miedo que me metió que no podía hacer otra cosa que obedecer dócilmente a cada una de las palabras que salían de su boca.
El Sr. González echó un par de cenizas en el cenicero que estaba sobre la mesa, y acto seguido, quitó lentamente los pies de la mesa, levantándose a continuación.
-…Veo que los falsos rumores que circulan por ahí sobre mí llegaron hasta tus oídos, Lukas, -Escondió las manos tras la espalda, con el cigarrillo en una de ellas.
Por poco aguanté para no pegar un bote y darme un golpe contra la pared de atrás, pero sí que conseguí acorralarme en una esquinita.
Al parecer, al mayor no le agradó mucho mi reacción, ya que manifestó bastante bien su desagrado con una mueca en el rostro.
-Si  tienes tanto  miedo de mí… te aconsejo que atiendas a lo que te voy a decir.- Volvió a alejarse nuevamente para poder aproximarse a la ventana y entreabrir un poco las persianas con los dedos. A través de ellas, se veía el Departamento de Neurología, aunque yo ni siquiera había tenido oportunidad de entrar en él, a pesar de llevar tantos años trabajando allí. Al parecer y según lo que había oído, en su interior se realizaban experimentos que todo el Gobierno quería ocultar al resto de los países del Consejo Escandinavo, ya que los “rumores corren mucho” y en poco tiempo llegaría a Dinamarca, y si llegaba a Dinamarca, llegaría a toda la Unión Europea.
-Acércate.
Hice lo que me pidió, rígido, situándome a su lado y mirando a través de las persianas levemente levantadas.
-Llevas bastantes años trabajando aquí como para ya conocer las investigaciones que lleva a cabo el Departamento de Neurología.
Me extrañó bastante que me hablara de él, ya que mi especialización no se parecía ni de lejos a la de los que trabajaban en aquella sala.
-… No, señor… - Repliqué, tímidamente.
Tras eso, Rafael dejo cerrarse las persianas, desconcertándome un poco.
-Entonces, te lo resumiré como pueda. –Le dio la vuelta al sillón para sentarse en él y aspirar por última vez la nicotina del tabaco, acabando el cigarro y arrugándolo contra la base del cenicero.
Realmente me asusté. Principalmente, no entendía por qué yo. ¿Por qué  me iba a confesar a mí el director que siempre se esconde de la luz del sol en su despacho, los oscuros y extraños experimentos que realizaba aquel misterioso y oculto Departamento de? ¿ A MÍ, a un simple cardiólogo?
No comprendía nada de lo que estaba pasando, pero esperé que su historia me mostrase algún camino concreto en este confuso laberinto.
Asentí , en señal de que comenzara. […]


miércoles, 1 de mayo de 2013

Entrega del premio a las ganadoras del V Certamen Literario IES Benalmádena

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El pasado viernes se entregaron como colofón a la semana dedicada al libro, que se ha venido celebrando en el IES, los premios a las ganadoras del V Certamen Literario. Las ganadoras de este año han sido, Sofía Arrebola, del curso 1ºA en la categoría de primer ciclo, y Marianna Panteleeva de 3ºA en la de segundo Ciclo. Sofía presentó el relato titulado "La diosa Naga", una historia ambientada en la cultura maya que cuenta el descubrimiento de una niña de lo que ella llama el "valor sentimental" a través de la amistad, y la solidaridad, que la llevan a sustituir a un dios de su misión de cuidar un templo, para que este pueda compartir su tiempo con su amada. En este camino la acompañan, Perseo, un niño que se convierte en su hermano adoptivo, y Parvati, un pato de pico azul con el que se entiende sin palabras. Por su sabiduría y buenos sentimientos, Naga se convertirá finalmente en una diosa amada por todos.

El cuento de Marianna es más actual. Bajo el título "Un toque repentino" cuenta las vivencias interiores de un cirujano cardiovascular que trabaja en un hospital de Noruega. Para Lukas, su trabajo lo es todo, ya que no comparte prácticamente nada con su familia, por eso se asusta ante la llamada repentina del director del hospital: Rafael González, un personaje misterioso procedente de Filipinas que utiliza su dinero de forma poco usual. Rafael le hará un encargo a Lukas que este no podrá rechazar en el Departamento de Neurología, un lugar donde se realizan prácticas poco conocidas. Lukas acepta el reto y la historia nos deja ahí, en el comienzo de esa, que no es sino otra historia, con lo que la autora deja al lector a merced de su propia fantasía.